Crónica del concierto de Roger Waters- Palau Sant Jordi (Barcelona)-13/04/18- 21h aprox.
First Round (parte I): Welcome To The Machine (Bienvenido A La Máquina)

Aquella noche el Palau Sant Jordi lucía majestuoso ante el semejante espectáculo que estaba a punto de diseminarse entre sus muros.

El concierto se dividiría en dos partes claramente diferenciables. La inmensa pantalla que presidía el escenario, se convertiría en el foco de atención principal durante la primera parte del show. Esta primera toma de contacto fue un mero aperitivo de lo que se iba a desplegar ante nosotros. Roger Waters se guardó un valioso as en la manga para la segunda parte, poniendo a prueba la capacidad sorpresiva de los espectadores.

Para cuando Breath llevaba sonando apenas medio minuto, yo ya me había dejado abducir por las proyecciones que iban tomando vida y acelerando su pulso y transformación dentro de mis retinas.

Mi razón intentaba convencerme de que no era posible que estuviera viendo al mismísimo Roger Waters en directo, ex miembro fundador y mito viviente de una de mis bandas fetiches de todos los tiempos, Pink Floyd.
Un motor palpitante, un tanto violento y constante, se gestaba aupado por las notas del bajo. Un contundente latido, One Of These Days, precediendo a la imprescindible Time: pieza urgente, fabulosa, delirante, y rescatada de The Dark Side Of The Moon (1973), “La Cara Oculta De La Luna”.
El repertorio trazó un recorrido por algunos de los álbumes más relevantes de la discografía de Pink Floyd; especialmente, éste último nombrado, que sonó casi de forma íntegra (ocho tracks en total) distribuido en algo más de dos horas y media de concierto: Speak To Me, Breath (Partes I y II), Time, Money, Brain Damage, Eclipse, The Great Gig In The Sky (esta última realzada con las imponentes voces de las coristas).

Sonaron un par de canciones del álbum Wish You Were HereWelcome To The Machine y la homónima y legendaria Wish You Were Here. También estuvo muy presente lo que se podría considerar la obra cumbre de Pink Floyd, The Wall (“El Muro”) cerrando la primera parte con The Happiest Days of Our Lives, Another Brick in the Wall (Parte 2 y Parte3), en cuya segunda parte una serie de jóvenes seleccionados de la respectiva ciudad donde se realiza el concierto, aparecían realizando una coreografía vistiendo el uniforme naranja típico de los presidiarios estadounidenses, para acabar quitándoselo y mostrando una camiseta con el lema. “Resist”.

Entremedias, Waters pudo promocionar algunos temas de su último trabajo Is This The Life We Really Want? (2017). Sonaron Déjà Vu, The Last Refugee, Picture That y Smell The Roses. Todas ellas siguiendo la misma línea sonora de canciones del pasado de Pink Floyd.

Second Round (parte II): Pigs On The Wing (cerdos en el aire)

Tras 20 minutos de descanso. Y cuando esperábamos que el concierto continuara la misma dinámica y formato (otra continuación de proyecciones en la pantalla principal), de pronto, dio un giro inesperado que nos dejó boquiabiertos. Lo que al principio parecía una plataforma rectangular descendiendo desde el centro del pabellón (realmente se trataba de proyectores alineados), se transformaba en una antigua fábrica londinense de cuatro chimeneas humeantes. La misma que ilustra la portada de Animals (1977). Esta fue la puesta en escena que precedió a Dogs, potente obertura de dicho disco.
   
Aunque no nos podíamos quejar a nivel musical de lo ofrecido durante la primera mitad, bien es cierto, que cabía esperar algo más en cuanto a despliegue visual, conocedores de la megalomanía que caracterizan los espectáculos audiovisuales a los que nos tiene acostumbrados en sus directos. Y eso es lo que Waters y cía se propusieron darnos en ingentes dosis durante lo que quedaba de concierto.

El show se convirtió en un auténtico paradigma de la reivindicación y el cinismo más ingenioso. Una crítica constante contra los principales castradores sociales del mundo (la guerra, el hambre, la globalización, el capitalismo); pero por encima de todo, se convirtió en una mofa permanente hacia la figura de Donald Trump, omnipresente y ridiculizado de todas las formas posibles habidas y por haber. Un buen ejemplo fue el famoso cerdo volador (Animals) rodeando el pabellón mientras volaba sobre nuestras cabezas con su cara caricaturizada en uno de sus lados, vapuleado en múltiples proyecciones (mostrando su micropene, etc.). Aunque el golpe maestro fue cuando en pleno éxtasis final de Pigs (Three Different Ones), aparecía un rótulo gigante en castellano que decía. “Trump eres un gilipollas”, con las consiguientes carcajadas de todo el pabellón.

Us And Them, que da título a esta gira, supuso uno de los momentos más destacados de la noche, ya que mientras sonaba, pudimos ver cómo unos enormes haces de luz formaban el prisma de la portada de The Dark Side Of The Moon, imagen que se ha convertido en uno de los iconos de la banda británica.

Mother y Confortably Numb (con uno de los solos de guitarra más sublimes de la historia del rock) acabaron asestando el golpe de gracia a los bises finales.

Fotografía: Dima Abboud

 
Mis ojos, casi fuera de sus órbitas, ya hacía tiempo que se habían abandonado a la magia psicodélica que se sincopaba en perfecta sincronía con el sonido. Mi mirada concentrada no era capaz de albergar en su plenitud todo lo que estaba ocurriendo allí al mismo tiempo. No quería que se me escapara ni el mínimo detalle y la concentración era máxima. He estado en muchos conciertos a lo largo de mi vida, pero puedo asegurar que era la primera vez que presenciaba algo de una inmensidad tan inédita para mí.

Es envidiable la buena forma en la que se encuentra Roger Waters a su edad (74 años). Sinceramente, esperaba encontrármelo con la voz más cascada y menos activo físicamente, pero para mi sorpresa y alivio no fue así.

Tanto el elenco de músicos que lleva (pude contar 10 músicos sobre el escenario), como el equipo de ingenieros y técnicos de sonido y luces, son excepcionales. Dave Kilminster, el guitarra solista que viene acompañándolo desde hace años, es increíble. Toca las partes de David Gilmour con una solvencia genial; sin embargo, es imposible ponerse a la altura del gran dios de la guitarra.

Casi despojado de la realidad mundana, y de la noción espaciotemporal, navegaba ya tan profundo a través de las imágenes del imaginario de Pink Floyd, que al finalizar el concierto, todo aquello me dejó tocado y consternado. Me costó recobrar la expresión facial, la fluidez encefálica, la presión sanguínea, e incluso el habla. Me convertí, mientras aplaudía todavía abstraído y en otro mundo, en un ser disfuncional durante los siguientes 3 minutos después del final, debido al shock producido por aquella maravillosa hipnosis de casi tres horas de duración.

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